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Razones por las que mudarse a la Costa Brava

Razones mudarse

Hay cuestiones a las que cuesta contestar, quizás porque no se quiera o no se tenga demasiado claro qué decir. Pero a la pregunta de por qué mudarse a la Costa Brava, las respuestas caen solas unas con otras. Su patrimonio histórico, su rica gastronomía, una cantidad ingente de playas formidables, sus festivales y, sobre todo, representar como ninguna la esencia misma del Mediterráneo que cantó Serrat al mundo, son algunas de ellas. Por Calella de Palafrugell, los caminos de ronda, un suculento aperitivo en Cadaqués, la escultura milenaria de Asclepio sobre las ruinas de Ampurias y un brindis al mar en Cap de Creus con la caída del sol. Ventanas entreabiertas y romances en los que interviene la brisa, noches de pasión, carcajadas de Dalí. La tierra del eterno verano capaz de involucrarse de lleno en la felicidad de quien llega hasta ella.

Muchas son las razones para mudarse a la Costa Brava. Tantas que lo realmente complicado es no terminar este artículo sin sucumbir a la tentación de buscar tu hogar perfecto.

¿Por qué mudarse a la Costa Brava?

Destino bien comunicado, repleto de propuestas y para todo tipo de personas

Llegar al pequeño paraíso mediterráneo de Costa Brava no puede ser más sencillo. Las comunicaciones de la región son excepcionales. El aeropuerto de Girona, internacional, está a tiro de piedra de muchas cosas, pero es que Barcelona de la Costa Brava también. Por no hablar del tren de alta velocidad que deja a poco más de tres horas la posibilidad de llegar desde Madrid (desde Barcelona son apenas tres cuartos de hora). También dispone de buenas autopistas para quienes deseen utilizarlas.

Costa Brava es un destino para todo tipo de personas. Para los que buscan la calma en calas de postal y bailar hasta altas horas en festivales con lo más granado del panorama musical. Para amantes del turismo activo, los buenos paladares y familias con niños. Para aspirantes a Indiana Jones y coleccionistas del mejor románico. Para los que se dejan llevar por la improvisación. Para las personas a las que le gusta ir con todo organizado y dedicarse únicamente a disfrutar…

Playas y calas de auténtica postal en un litoral privilegiado

La Costa Brava dispone de una franja de litoral de unos 214 kilómetros repartidos en tres comarcas catalanas como el Alto Ampurdán (en catalán Alt Empordà con destinos como Cadaqués, Rosas, Peralada, Castelló d’Empuries o Portbou ), el Bajo Ampurdán (Baix Empordà con destinos como Platja d’Aro, Begur, Pals o Peratallada) y La Selva (con clásicos como Tossa de Mar, Blanes o Lloret de Mar). A partir de ahí lo difícil es escoger, si una junto a unas murallas medievales como en Tossa de Mar, una en pleno pueblo como, la que es una de nuestras favoritas, en Calella de Palafrugell o, en definitiva, algunas de las 29 banderas azules otorgadas en 2019 a este enclave tan fabuloso de Cataluña.

Espectaculares son muchas, pero toma nota de algunas que se pasan de bonitas:

Illa Roja en Begur, Cala Pola en Tossa de Mar, Cala S’Alguer en Palamós, la Mar menuda, Sa Boadella… Son muchas, demasiadas, pero éstas te aseguramos que no te defraudarán. Y las que descubras en tu andadura por la Costa Brava.

Colección inagotable de villas medievales y pueblos de cuento

Muchas de las villas y pueblos medievales más bonitas de Cataluña y, por supuesto, de toda España, tienen como telón de fondo a este territorio, tanto a orillas del mar como en interior, pues lo que se conoce como Costa Brava-Pirineu de Girona va mucho más allá del puro litoral. La propia Girona, sin ir más lejos, posee un casco histórico maravilloso, tanto que en ella se rodaron múltiples escenas de la aclamada serie Juego de Tronos. Besalú y su judería, los pueblos atrapados en el tiempo en la comarca de La Garrotxa, que no tiene mar pero sí tiene gran cantidad de volcanes, Castelló d’Empuries (la fachada del siglo XV de la basílica de Santa María es una obra maestra) y un largo hilo del que tirar y que parece no tener final.

En el Bajo Ampurdán hay un pueblo medieval que no debería perderse nadie, Peratallada, una auténtica máquina del tiempo abrazada a sus antiquísimas murallas. Muy cerca quedan Pals o Monells, esta última escenario de buena parte de la película «Ocho apellidos catalanes» protagonizada por Dani Rovira. Más grande y con un castillo junto a la playa está Tossa de Mar para devolvernos nuevamente el Mediterráneo durante un viaje de muchas paradas.

Puerta y puerto de antiguas civilizaciones mediterráneas

Además de ser pura esencia del Mediterráneo, la zona ha sido puerta histórica y natural de importantes civilizaciones, lo que ha permitido que arqueológicamente hablando, la Costa Brava es un tesoro inagotable. Las ruinas más importantes son, sin duda, las de Ampurias (en catalán Empúries), nacida con la llegada de navegantes griegos que edificaron allí una ciudad comercial de gran importancia, aunque a posteriori sería ampliada por parte de los romanos. ¡Hablamos de una ciudad de 26 siglos de historia!

Coetáneas son las ruinas de Ullastret, un enorme asentamiento íbero situado en el Bajo Ampurdán (no muy lejos de Peratallada). El conjunto de Ullastret está a su vez, compuesto por dos poblados ibéricos, siendo vistables los del Puig de Sant Andreu, con, entre otras cosas, una muralla de la época en la que sobreviven nada menos que seis torres circulares.

Asombrosos rincones de naturaleza ponen el marco a este territorio

La Costa Brava se denomina así porque se halla en un territorio abrupto. No se trata, ni mucho menos, de una simple planicie sino que abundan las montañas escarpadas, múltiples formaciones rocosas que dan abrigo a fabulosas calas y, más al interior, incluso a volcanes como los que surgen en la comarca de La Garrotxa. Quizás el mejor ejemplo de terreno no demasiado uniforme es el Cap de Creus, una postal absolutamente reconocible y, a su vez, salvaje, de lo que se trata del espacio natural más oriental de la Península Ibérica. Conducir hasta el faro es un auténtico regalo para la vista.

Las playas son, por supuesto, parte de este esplendor de naturaleza que se mide lo mismo en bosques mediterráneos que en hayedos milenarios como la Fageda d’en Jordà.

Paraíso de la gastronomía y el enoturismo

Hablar de la Costa Brava es hablar de una cocina excepcional que ha traspasado todas las fronteras y batido todos los récords posibles. Innovadora, pero sin olvidar las recetas de antaño y el mejor producto de la tierra, puede vanagloriarse de reunir una veintena de estrellas Michelin (en 16 restaurantes) y convertir cualquier degustación en un espectáculo que va más allá incluso del propio alimento. Ha provisto el escenario de los que durante años fueron proclamados los mejores restaurantes del mundo como el extinto «El Bulli» de Adrià o «El celler de Can Roca» pero, te podemos asegurar, que mucho más allá de esa constelación de estrellas hay una cantidad de sitios increíbles, y también asequibles al bolsillo, en los que dar cuenta de lo bien que se come en esta parte de Cataluña.

Por otro lado el desarrollo del enoturismo está yendo a gran velocidad. Con la DO Empordà es posible brindar en una ruta de más de 40 bodegas visitables tanto en el Bajo como el Alto Ampurdán.

El centro del universo Dalí

La genialidad de Salvador Dalí viene que ni pintada a la Costa Brava, la verdadera musa del de Figueras, el taller que más le inspiró. En su casa de Portbou, al norte de la blanca de Cadaqués, y con vistas permanentes a su querido Mediterráneo, halló una especie de laboratorio de buenas ideas donde la creatividad se convertía en una bendita rutina. Permanece tal cual quedó tras su fallecimiento en el invierno de 1989 como una casa-museo que sigue a rajatabla el cúmulo de excentricidades del autor surrealista. Se trata de una de las puntas del conocido como Triángulo Dalí, que en el muy recomendable museo de Figueras o en el castillo de Púbol, donde descansa junto a su inseparable Gala, los seguidores del artista catalán encuentran su inexplicable esencia.

Propuestas de turismo activo

La adrenalina desempeña un papel crucial en la vertebración de un territorio que puede capitalizar todas las propuestas de turismo activo posibles. Saltar en paracaídas en Empuriabrava o incluso ese prodigio llamado túnel del viento. Hacer kayak del bueno tanto en la costa como en los baños de interior. Barranquismo, escalada, vías ferratas o bicicleta de montaña siguiendo antiguas vías ferroviarias. Buceo, snorkeling o vela. Y senderismo, mucho senderismo, porque la red de caminos para andar kilómetros y más kilómetros en parajes fabulosos es interminable.

Para trekking más calmado nos fascina las posibilidades que ofrece el camino de ronda (o camí de ronda), un prolongado sendero que bordea la abrupta Costa Brava desde la frontera con Francia que antaño la Guardia Civil transitaba para luchar contra el contrabando. Actualmente los usos han cambiado y los caminos de ronda permiten realizar un senderismo inundado de las mejores panorámicas y, a su vez, acceder a las calas más remotas y salvajes.

Tierra de festivales y buena música

Hace algún tiempo hablé de la faceta de la Costa Brava como puro territorio festivalero. Puede haber casi un centenar de festivales cada año en más de 300 escenarios diferentes, incluyéndose castillos junto al mar, y más de un millar de actuaciones diferentes con artistas de enjundia, no sólo nacional sino también internacional.  Algunos de los festivales más recomendables son los de Cap Roig, Peralada o el gerundense Tempo sota les estrelles. Pero los hay para todos los gustos (y con mucho gusto). La edad no es excusa, en absoluto, para disfrutar de un buen concierto.

Románico legendario

¡Lo que nos gusta un buen románico! Y en esta tierra, en la que el medievo tiene tanto peso en un patrimonio histórico-artístico bien preservado, hay románico para dar y tomar. Supuesta austeridad con mensajes apocalípticos en capiteles que se enzarzan como ramas en claustros donde todavía parece escucharse el paso de los monjes. Quizás el monasterio más espectacular de todos, tanto por el propio edificio como por el arriesgado emplazamiento en un promontorio desde el que se adivina el mar, es Sant Pere de Rodes.

Otra sorpresa digna de elogio es Santa María de Vilabertrán, muy cerca de Peralada, donde la humildad de un pequeño claustro demuestra la grandeza del románico en esta parte de Cataluña. Pero son muchos los cenobios e iglesias donde este estilo artístico suma no pocos adeptos.

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